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martes, julio 22, 2008

LA MUJER DE MIS SUEÑOS

He soñado que te ibas
por las calles vacías
que hay en los sueños.

Para que no me dejaras,
yo te seguía
por todas las esquinas perdidas,
donde esperan las mujeres
de mis desorientados sueños.

En cada cruce,
tu rastro cercano se perdía
en las cuatro direcciones
que hay en los sueños.

Se iban para siempre,
aunque ya no fueras tú,
tu pelo rojo
y tu falda, caliente aún
antes de ajustarse
al talle de los sueños.

Te perseguía sin aliento.
Solo quería preguntarte
para que nunca supieras
que no dejabas nada.

Y así, desesperado,
por casualidad,
me encontré una última vez
contigo
dentro del sueño.

-¿ Has visto
a una mujer como tú?

Y me dijiste
que la habías visto lejos,
al final de la única calle
por donde siempre se marchan
los sueños.

jueves, marzo 29, 2007

LOS SUEÑOS VIVOS

Tengo un pequeño problema algunos años sin resolver. Cuando duermo, yo, a la vez, también estoy despierto. Por eso no me gusta dormir y muchas veces tengo que estar mirando las ventanas o las sombras de los árboles, disimulando, hasta quedarme dormido de verdad, de puro cansancio.

Si cierro los ojos sin más, enseguida empiezan a aparecer sueños que intentan atraparme. Algunos son inocentes y no hay que temer nada de ellos, pero otros vienen con la respiración entrecortada haciendo girar sus imágenes, como si fueran de una noche distinta que quiere tomar vida.

Por eso me gusta dormir en los trenes o en las conferencias, incluso en los parques, rodeado de gente, de ruidos y de muchachos molestando con bufandas a rayas. Las voces y las conversaciones ajenas mitigan la efectividad de los sueños invasores. Si algún extraño recuerdo salta del sueño, la realidad está ahí para poder salvarte.

Hay muchos soñantes como yo, empiezo a reconocerlos al coincidir en nuestros lugares de descanso. Hay que vigilar el número de durmientes en los alrededores. Quizás, sin estas precauciones, algún día completemos el aforo de una conferencia sobre “El futuro de la política dentro de la sociedad del bienestar” y, entonces, nadie pueda salvarnos de perdernos en cualquier sueño fagocita de cambio de narices según las proporciones grecorromanas.

Podría darse el caso que, una vez instalada tu propia nariz en la cara de un catador de vinos, por ejemplo, pensara ella que había nacido para ser una nariz especialista en los aromas inherentes a la denominación de origen Cariñena y fueran inútiles todas las súplicas posibles para hacerla volver.

Perder la nariz es lo mínimo que le puede pasar a un soñador diurno descuidado. Conozco el caso de un compañero que acabó matriculado en un master sobre Etapas del Desarrollo Corporal y, a partir de entonces, se ha convertido en el preparador físico de cuantiosos deportistas de élite, incluidas ciertas presentadoras de moda sin celulitis, aunque, eso si, ahora ha dejado de soñar despierto, por lo menos.

jueves, marzo 22, 2007

SUEÑO NACIONAL


Enseguida se dio cuenta que ese sueño era peligroso. Para despertarse pronto activó la alarma de su reloj de pulsera que marcaba: Jaén, 25 kilómetros. No sabía que en los sueños no funcionan los despertadores.
Los habitantes del sueño eran en su mayoría prestidigitadores en sus dos especialidades más comunes: reconstrucción de periódicos y lanzamiento de cuchillos.
Le tranquilizó encontrarse tan cerca de Guarromán, así, si las cosas se ponían feas, podía tomar La Sepulvedana, en lugar de andar buscando pensión a horas intempestivas.
Se echó un cigarro a la boca para ir matando el tiempo (como si en los sueños existieran horarios) y cuando lo terminó se puso a pasear impaciente como en la consulta de un médico, en este caso ambulante, de ambulatorio. En efecto, tras un rutinario reconocimiento le diagnosticaron robo con fuerza. ¡Robo con fuerza!, nada menos. Estaba a punto de entregarse, cuando los demás pacientes (todos ellos prestidigitadores, gracias a Dios, especialistas en reconstrucción de periodicos) le dijeron que no había por qué preocuparse, ya que ese doctor era muy aficionado a los bajos fondos y casi siempre recetaba lo mismo.
Para iniciar el tratamiento se lo llevaron en una silla de ruedas hacia la plaza donde hacían su reaparición Islero y José Tomás. El primero de riguroso negro y el segundo de grana y oro.
Él era partidario de Islero pero, al jugar en casa, J. Tomás tenía muchos más simpatizantes, algunos de ellos tan exaltados que exigían la devolución al corral del magnífico ejemplar o incluso que le cortaran las dos orejas, ¿con qué iba a oir los aplausos, entonces?, me preguntaba yo en silencio.
José Tomás pidió un voluntario entre los asistentes para que le sujetara los estoques y le fuera suministrando el resto de instrumentos punzantes de tortura. El presidente sacó un pañuelo verde oscuro que significaba claramente que era yo mismo quien iba a desempeñar las funciones de mozo de espadas. Cuando me disponía a saltar al ruedo, empezaron a sonar los clarines de cambio de tercio y como eran las siete y media de la mañana me fui a trabajar sin dilación despues de darme una ducha con agua templada para eliminar el sudor frío.

domingo, marzo 11, 2007

LOS SUEÑOS DORMIDOS



El escritor neo-surrenacentista Álvaro Sebastián Peláez, famoso por negarse a aceptar la autoría de la mayoría de sus obras, quiso experimentar sobre sí mismo la influencia que las circunstancias pueden provocar sobre la inspiración.
Acostumbrado a tomar café en la sobremesa, justo antes de su prolongada siesta, lo omitió durante dieciocho semanas, justamente antes de la concepción, y durante la trascripción de su último libro, el que sería considerado, en adelante, como su obra maestra, intitulado: “Los sueños dormidos”.

El maestro, desde su adolescencia, era proclive al dilatado descanso, incrementándose su creatividad con el producto de sus abundantes ensoñaciones.
No le faltaba razón en afirmar cuán sencillo resultaba la composición de historias basadas exclusivamente en sucesos reales, aunque estos pertenecieran únicamente al ámbito subjetivo. Álvaro Sebastián Peláez era, y es, un excelente soñador, un gran durmiente, con la notable ventaja de hablar en voz alta durante la mayor parte de la siesta, hecho, este último, que sería determinante para encauzar su vocación hacia el terreno literario.
Con la comercialización de la grabadora de sonidos, allá por el año 1965, las bases técnicas del surrenacimiento literario estaban, para Álvaro S. Peláez, completamente establecidas.

¿Qué sentido tiene expresar la realidad misma, desprovista de banalidades, en su más alto grado estético?, se preguntaba el artista durante las mañanas, las cuales dedicaba íntegramente a cuestiones estilísticas. ¿No resulta más productivo su sustitución por imágenes e ideas inexistentes, nacidas del vacío, y que supongan una evolución consciente de la propia realidad?

Fruto de estos planteamientos, quiso el autor evolucionar hacia un nuevo estilo que llamó neo-surrenacentismo, para lo cual, además de suprimir las ingestas de café para alargar los periodos productivos, como se dijo, dispuso taparse la boca con abundante esparadrapo.
El resultado de tan acertada iniciativa se puede apreciar en “Los sueños dormidos”, su obra póstuma, donde se mezcla el ansiado afán de expresión, el silencio demoledor y hasta el gutural grito interior. En resumen, un conjunto de nuevas sensaciones que concluyen en una atmósfera atormentada donde resulta difícil la simple respiración de supervivencia.
A partir de Sebastián. Peláez, la inspiración y la expiración, como elementos asociados al proceso literario, gozan, como no podía ser de otro modo, del más alto prestigio. Gracias a las aportaciones del sabio, conocido con el sobrenombre de “El Acomodador de las Letras”, hoy en día, nuevos cauces literarios son posibles.